Edición Digital del 28/4/2008

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La renuncia de Lousteau y el paro del campo

  Por Héctor Tovar

La destitución de Martín Lousteau como ministro de Economía no sólo constituye la base de la primera crisis política de envergadura del Gobierno en sus apenas cuatro meses y medio de gestión, sino que además blanquea el escenario de virtual guerra de posiciones que se vive en su interior. Ello se ha manifestado con nitidez en la bicefalía que ha caracterizado a las negociaciones con las entidades agropecuarias, que ahora, con el nombramiento del nuevo titular del Palacio de Hacienda, prevén un escenario que podría extenderse más allá del viernes 2 de mayo, fecha de vencimiento de la tregua acordada con el Gobierno.

Pero detrás de la ida de Lousteau no hay simples intrigas palaciegas. Entre bambalinas está la discusión sobre el paradigma económico que habrá implantarse en la Argentina de los próximos años.

Sin duda, el tiro de gracia lo aplicó el ex presidente Néstor Kirchner, en su alocución del jueves por la tarde en Ezeiza, en donde reivindicó el actual modelo económico basado en un crecimiento a altas tasas interanuales y en la recuperación del salario real, aun asumiendo los riesgos inflacionarios. Ese mensaje fue un tiro por elevación para el propio Lousteau, quien en el transcurso de la semana pasada le había presentado a la presidenta, Cristina Fernández, una serie de recomendaciones destinadas a "enfriar" la actividad económica, con la reducción del gasto público y la eliminación de subsidios al transporte y la energía a la cabeza.

Más allá de que cualquier economista pueda rebatir la ecuación, para Kirchner existe una identidad absoluta entre el crecimiento a tasas chinas y la distribución de la riqueza. Y para combatir la inflación no necesita elevar las tasas de interés de los bancos, inhibir el consumo o reducir el gasto. Basta simplemente con enviar a Guillermo Moreno, el secretario de Comercio, a negociar a cara de perro con los oponentes de ocasión. Precisamente, ha sido este funcionario –de menor jerarquía que Lousteau– el gran ganador de la puja. Como se ve, el hábito no siempre hace al monje.

***

Aunque con la asunción de Carlos Fernández al frente de Economía soplan aires de optimismo, todavía estamos en vísperas de un nuevo paro agropecuario. ¿Qué puede llegar a pasar si las entidades del campo deciden volver a los cortes?

Con eufemismos, Eduardo Buzzi, titular de la Federación Agraria Argentina, se ha limitado a informar que esa medida dependerá de la resolución que se adopte en las asambleas de bases en las primeras horas del 2 de mayo. Paralelamente, el mediático dirigente Alfredo De Angeli vomita su bronca contra el Gobierno y advierte que la gente en el campo está muy "caliente", como un adelanto de lo que estaría por venir.

La meteórica aparición de De Angeli es ilustrativa de las serias dificultades que a estas alturas exhiben los máximos dirigentes rurales para lidiar con la explosión de demandas provenientes desde el interior de sus respectivas organizaciones. Ningún acuerdo habrá si no hay un disciplinamiento de las bases y de los capitostes que las comandan, eso está claro.

Pero también es notable la contribución de este Gobierno para echar más leña al fuego. No solamente por las bravatas de Moreno, sino también por la sorprendente –y asidua– falta de tacto político de algunos funcionarios, que han dado rienda suelta a una incontinencia verbal que claramente le está jugando en contra en los grandes centros urbanos. Es decir, la performance comunicativa del Gobierno respecto del conflicto con el campo ha sido pésima, porque lo único que ha logrado es poner los primeros pilares de un eventual escenario de polarización social.

Para ponerlo en una metáfora futbolera: el Gobierno debería evitar que todo el juego pase por los pies de un "cinco" metedor (pero sucio, mañoso) como Guillermo Moreno; es cierto, estos tipos son útiles para embarrar la cancha, pero son limitados para aspirar a cosas más grandes. Pero el campo también debería instruir a su volante central –Alfredo De Angeli– para que no se le vaya tanto la pierna, como ocurre cada vez que tiene cerca un micrófono.

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