Su gracia e ironía irresistibles no fueron consecuencia de una vida regalada y fácil, sino el resultado de un don extraordinario para sobreponerse a las circunstancias más amargas y hallar siempre el lado benévolo y amable de la realidad.
Luego de la muerte de su padre, fue repartidor de periódicos, aprendiz de impresor, aprendiz de timonel y buscador de plata. Realizando esta última labor, a bordo de un barco, escribió unas páginas caricaturescas acerca de la vida del marinero, que fueron acogidas por un editor.
Fue autor de sátiras y libros de viajes de carácter humorístico y realista, pero alcanzó la fama con las aventuras de los muchachos Tom Sawyer y Huckleberry Finn, en las que rememoró los recuerdos de su juventud junto al río Mississippi.