Desde niño, el creador de Mafalda fue tímido y solitario: salía poco, no jugaba a la pelota, no quería ir a la escuela. Sin embargo, algo siempre lo movilizó: su vocación de dibujante de humor, la cual lo llevó a observar la mesa de trabajo de su tío dibujante Joaquín Tejón, a estudiar Bellas Artes, a viajar a Buenos Aires para tratar de vivir de aquello que le gustaba. Al principio, trabajó de dibujante publicitario, hasta que, en 1962, su amigo Julián Delgado le ofreció un lugar en la revista Primera Plana, que fue ocupado por nuestra tan querida Mafalda, que alguna vez confesó calcar, ya que le costaba hacer los dibujos iguales.
Esa tira fue sólo el comienzo de grandes satisfacciones y puerta de entrada al resto del mundo.