Edición Digital del 23/9/2006

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Kirchner en Estados Unidos: Un costado positivo

  Por Graciela Petcoff

Aunque criticado por la prensa internacional –en particular por el influyente Wall Street Journal– y al margen del nuevo desaire que le hizo a su anfitrión George Bush (no asistió a la cena que el mandatario estadounidense hizo en honor de los asistentes a la Asamblea Anual de Naciones Unidas), el presidente Néstor Kirchner logró, una vez más, ser tenido en cuenta por los profesionales de la diplomacia norteamericana que lo ven como un elemento de contención a los peligros que a criterio de la Casa Blanca se ciernen sobre la región, que encarna el venezolano Hugo Chávez.
Para los especialistas del Departamento de Estado Kirchner es populista para afuera, pero lo suficientemente conservador para no dar pasos en falso a la hora de decisiones estratégicas. Por lo tanto, en un caso extremo, se puede contar con su ayuda.
Prueba de ello fue su discurso ante la ONU. Razonablemente crítico contra los organismos internacionales de crédito, pero cuidadosamente meticuloso a la hora de hablar de las relaciones entre los estados. Nada que ver con el explosivo y temerario mensaje de Chávez (y en menor medida el de Evo Morales) que puso en alerta a los principales líderes del mundo occidental y selló la ruptura de relaciones diplomáticas con Israel.
Así fue como por primera vez desde la época de la Guerra Fría, cuando el ex premier Nikita Krushov se sacó su zapato para golpear sobre el taburete en el que exponía tratando de poner orden frente al griterío que se había producido, Chávez montó su propio show mediático, consciente de que estaba siendo enfocado por las cámaras de todo el mundo. El gran problema es que nunca se sabe hasta dónde el venezolano habla de la boca para afuera o si, por el contrario, expresa con firmeza convicciones que se propone llevar adelante para cambiar el equilibrio de fuerzas en el continente.
El tema es que Chávez está sentado arriba de una pileta de gas y petróleo. Sus coqueteos con Fidel Castro no preocupan, pero su entendimiento casi fraternal con Irán es algo que quita el sueño a los analistas. Lo más grave es el duro ataque no sólo al estado israelí sino de hecho a la comunidad judía, como tal, que está haciendo pensar seriamente al gobierno de Tel Aviv de cómo comenzar a evacuar a sus connacionales de las tierras caribeñas.
Las cosas no están fáciles en esta región del cono sur. Lula Da Silva le ha advertido claramente a Morales: "no pongas una espada sobre la cabeza de Brasil, porque nos vas a obligar a que Brasil ponga su espada sobre la cabeza de Bolivia". En tiempos en que marcha a su aspirada reelección, y en el contexto de un mundo signado por la violencia en donde los países se invaden sin pedir permiso, no es de extrañar lo que podría pasar si el mandatario boliviano persiste en incautar las inversiones brasileñas en la región petrolera de ese país y privar del suministro de gas a San Pablo.
Es en ese marco tan virulento donde Kirchner es visto como un moderador por los hombres de Washington, dispuestos a pasar por alto sus rabietas, si cuentan con la voluntad del argentino para tratar de contener las cosas y poner un paño de agua fría a las encendidas pasiones de sus vecinos.
Hubo una señal que no pasó inadvertida. Kirchner se preocupó cuidadosamente de saludar formalmente –con una evidente distancia, no exenta de corrección– tanto a Chávez como a Morales. Como contrapartida tuvo cálidas reuniones con Lula, con Michelle Bachelet y con el paraguayo Duarte Frutos. Para los observadores, esto no fue ninguna casualidad.

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