A nadie sorprendió la dureza del discurso pronunciado ayer por el presidente Néstor Kirchner, en el Colegio Militar, al celebrarse un nuevo aniversario del Día del Ejército. Tampoco llamó la atención que se retirara anticipadamente, sin presenciar el desfile militar, presumiblemente irritado por los gritos de "hipócrita" que le lanzó Cecilia Pando, la mediática esposa de un oficial retirado compulsivamente de la fuerza, la cual –involuntaria o conscientemente– pareciera haber sido ungida como la vocera de una minoría que, escudándose en las víctimas de los asesinados por la guerrilla, insiste en reivindicar un pasado repudiable.
En rigor de verdad, la señora Pando ya sacó en un par de oportunidades de las casillas al Presidente. La última vez cuando se "coló" en un homenaje que el jefe del Estado hizo a las mujeres argentinas, y empezó a los gritos. Y si bien en aquella ocasión hubo tibias explicaciones acerca de cómo la mujer burló los rígidos controles de la Casa de Gobierno, no hay excusas ahora que justifiquen como lo hizo –ya no siendo una desconocida, y menos para la seguridad castrense– al vulnerar la selección de invitados al acto del Colegio Militar.
En esta misma columna, el domingo, se abordó la delicada cuestión del doloroso pasado y la necesidad de que, en algún momento, el primer mandatario pueda separar la paja del trigo: de un lado el reconocimiento a los caídos y las víctimas inocentes de esos años de horror y del otro –marginados de la sociedad que todos queremos construir– los que nunca aprenden y quieren justificar lo injustificable.
Pero al margen de todo esto, de las palabras presidenciales se desprendieron frases que parecieran corroborar que, por fin, se va a encarar una genuina reestructuración de las instituciones militares, una asignatura pendiente no sólo de la joven democracia argentina, sino de las amargas lecciones que dejó la trágica gesta de Malvinas, cuando cada fuerza armada peleó la guerra por su lado.
Hoy por hoy se sigue con las antiguas estructuras paquidérmicas, que sólo producen gastos evitables y en nada ayudan a la dinámica operativa que requiere un ejército moderno, enfrentado a los desafíos del siglo XXI.
Por ejemplo hay un Colegio Militar, una Escuela Naval y una Escuela de Aviación Militar; también hay una Escuela de Aviación de Ejército y otra de Aviación Naval. Tenemos además la Escuela Superior de Guerra, en el Ejército; la Escuela de Guerra Naval, en la Armada y la Escuela Superior de Guerra Aérea, en la Fuerza Aérea.
Lo ideal sería un establecimiento de formación básica único para que, al menos durante los primeros dos años de formación, los futuros oficiales vayan perfilando su vocación y decidan luego en qué fuerza se sienten más cómodos o quieren continuar. Los otros dos años bastarán, en establecimientos adecuados y mucho más chicos, ágiles y dinámicos, para canalizar las aptitudes de los futuros pilotos, tanquistas, submarinistas, artilleros o lo que fuere. Al haber estudiado juntos inicialmente, los mandos de cada camada se conocerían, lo cual simplificaría mucho las operaciones conjuntas del futuro. Hoy, pese a lo mucho que se ha hecho, cada uno sigue estando en un piso diferente, hablando un lenguaje militar distinto y no pocas veces con doctrinas anacrónicas, equivocadas y hasta enfrentadas entre sí.
También resulta clave unificar los mandos en una sola cabeza, o sea en el Estado Mayor Conjunto. No resultará una tarea fácil, pero alguna vez se tiene que empezar. Y el Presidente tiene todas las herramientas para comenzar ese trabajo, que, de hacerlo bien, le ganará el reconocimiento histórico de incluso aquellos que lo critican por el manejo actual de su política militar.