Edición Digital del 17/2/2006

Opinión

Algo no está andando bien

  Por Jorge Carlos Brinsek

La seguidilla de estremecedores casos de crímenes motivados por causas familiares, pasionales, de locura, o todas juntas a la vez, de las que dieron cuenta los medios de prensa de todo el país en las últimas horas –y que involucran desde policías hasta periodistas– obligan otra vez a preguntarnos qué es lo que está ocurriendo en nuestra sociedad para llegar a semejantes extremos, y qué se está haciendo para evitarlos.

En este marco los cronistas de noticias policiales no dieron abasto. Un hombre que asesinó a sus cuatro hijos y luego se suicidó en Córdoba; un joven oficial de policía que en pleno centro capitalino disparó contra su novia, también policía y se quitó la vida; un chiflado que dijo estar poseído por el demonio y asesinó a puñaladas a su hijita e hirió gravemente a su mujer y otro hijo antes de cortarse la lengua con un cuchillo de cocina y hasta el director de un periódico de pueblo, que le disparó un escopetazo a su señora y luego con la misma arma se quitó la vida, conformaron un cuadro truculento que dio para todos los calibres.

No menos dramático fue otro caso de un hombre de 51 años que discutió con su esposa, la acuchilló y luego se mató arrojándose al paso de un tren.
Para colmo de males, el día de ayer fue una de esas jornadas agobiantes que hicieron saltar todos los termómetros del país, incentivaron los temperamentos de los más irascibles, en especial en las discusiones habituales por cuestiones de tránsito y hasta enviaron a centros asistenciales a personas de todas las edades víctimas de los denominados "golpes de calor".

Es obvio que estos dramas reconocen motivaciones mucho más profundas que las climáticas, pero ciertamente en los tiempos que corren se hace muy difícil tratar de entender este tipo de situaciones extremas que llenan de interrogantes, dolor y estupor.
Hubo también otros casos más perversos, pero que entran dentro de la crónica policial común, como el de una mujer que denunció la desaparición de su marido y todo parece indicar que lo habría asesinado junto con su amante, un policía que ahora está detenido preventivamente.

En este plano también se hace necesario preguntarse si se cumplen a rajatabla y con la rigurosidad que exigen las circunstancias, los exámenes psicofísicos a quienes el Estado les brinda armas de grueso calibre para defender a la sociedad y no para enfrentarse a ella.

Da rabia, sinceramente, que un joven oficial de la Policía Federal, apenas egresado de su escuela de formación, extraiga su flamante arma reglamentaria para dispararle dos balazos calibre 9 milímetros en la cabeza a su novia, también policía, antes de quitarse su propia vida, ante el espanto de decenas de personas que estaban comiendo hamburguesas y papas fritas en un local de McDonald's en pleno centro capitalino. Se supone que este chico debió haber sido sometido a estudios previos de su personalidad antes de entregársele un arma de semejante poder de fuego con la que podría haber provocado una carnicería, en particular porque el drama se desató junto a un pelotero donde estaban varios pequeños de corta edad.

Pero también cabe preguntarnos, como se dijo al principio, qué es lo que realmente nos está pasando teniendo en cuenta que las personas involucradas en todos estos episodios no tenían precisamente problemas económicos que hacían peligrar su subsistencia. Por otra parte, hay que admitir que con los programas sociales en vigencia (y sin perjuicio de que algunos de ellos alienten la vagancia) difícilmente le pueda faltar un plato de comida a alguien y menos a un niño, razón que a veces, sumada a otras miserias humanas, sirven de telón de fondo a homicidios y suicidios por problemas de dinero. La raíz, evidentemente, es otra, por lo que será necesario comenzar a estudiar estas situaciones antes de que se ramifiquen sin solución de continuidad.

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