Edición Digital del 11/1/2006

Opinión

Los precios, todo un tema

  Por Jorge Carlos Brinsek

La reunión que ayer mantuvieron en la Casa de Gobierno, el presidente Néstor Kirchner y el supermercadista Alfredo Coto –a quien no hace mucho el mandatario supo vapulear públicamente– desnuda meridianamente la principal preocupación del jefe del Estado en torno a evitar, por todos los medios, que se disparen los precios.

Quienes desde hace años conocen al Presidente, saben que éste es un hombre pragmático enemigo de sumergirse en aspectos complicados de la macroeconomía. Para él, la libreta de almacenero basta y sobra porque es la que rige las voluntades de quienes lo votan.
Así, en lo político, Kirchner suele atacar blancos rentables, como pueden ser los militares, la iglesia, la oposición, el periodismo o el FMI. En lo económico, sabe muy bien que si los productos de primera necesidad se van por las nubes, aquel discurso, que suele dar buenos resultados, no sirve para nada y hasta puede volverse en contra.

Kirchner tiene muy presente lo que pasó con Raúl Alfonsín cuando la plata comenzó a faltar y el humor de la gente cambio sonrisas por gruñidos.
De nada le valió por entonces al caudillo de Chascomús haber piloteado una traumática transición, jaqueada por la presión militar. La sociedad lo acompañó inicialmente, pero se le volvió en contra cuando las góndolas de los supermercados se mostraron hostiles a los bolsillos.

Por eso, luego de dispararle cañonazos de grueso calibre a Coto en noviembre pasado, el hombre de Santa Cruz consideró conveniente enfundar el hacha de la guerra (que pocos creen que haya estado realmente desenfundada) y citó al empresario a su despacho en un encuentro que se prolongó por algo más de media hora.

Ni la Casa Rosada ni el supermercadista dijeron una palabra, al menos en lo inmediato, de lo que se habló ahí. Pero se sabe que hubo "franqueza" y "sinceridad" por las dos partes. Es que uno y otro se necesitan y a ninguno de los dos le conviene que las cosas se desmadren.
No es fácil en este plano encontrar un punto de equilibrio. Como se dijo al comienzo, el Presidente es consciente de lo crucial que significa el mantener los precios en caja.

Por otra parte, este 2006 se presenta bastante complicado en un año en que, por todos los medios, se hace necesario mantener a rajatabla bajo control el gasto fiscal para hacer frente a la salida de la tercera parte de las reservas del Banco Central para afrontar el pago al FMI.
Pero si cuidar los valores de los artículos de primera necesidad es todo un tema, no es menos cierto que otros rubros, que también son indispensables para la vida familiar y que no están tan bajo la lupa, se han colocado en las alturas sin que haya elementos definitivos que lo justifiquen.

Lo concreto es que nos estamos desenvolviendo con una inflación superior a la del uno por ciento mensual, que casi cuadriplica lo que se considera adecuado para un país como el nuestro, en función de sus necesidades de desarrollo.
Esto quizás no preocupe, o sea relativizado, en función de las estampidas hiperinflacionarias del pasado, cuando por ejemplo se ingresaba al supermercado y los precios iban cambiando hora a hora. Sin embargo, ese odioso pasado puede volver a insinuarse si no se toman los recaudos adecuados para prevenirlos.

No hay que olvidar que –medido en dólares– el sueldo de los argentinos quedó reducido a la tercera parte tras la brutal devaluación de principios de 2002, mientras que los precios treparon rápidamente hasta equipararse –y aún superar– la nueva paridad. Esto implica que la torta distributiva se achicó aún más al igual que la brecha entre ricos y pobres, algo inadmisible en un país como el que tenemos.

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