El desgraciado accidente en la Antártida, donde una grieta se "tragó" a dos integrantes de una patrulla, es un llamado de atención en torno a lo que ocurre en ese continente, ahora jaqueado por el recalentamiento del planeta.
El desgraciado accidente que involucró a dos integrantes de una patrulla antártica argentina, al caer en una grieta mientras se desplazaban en una moto de nieve, desnuda cuán precarios son los recursos del hombre para enfrentar a un continente que resiste cualquier intromisión y no suele tolerar los últimos adelantos de la tecnología.
También es una severa advertencia acerca de los devastadores efectos que el calentamiento de la Tierra está provocando en todo el planeta –y que hace crisis en los polos expandiéndose luego en forma de inundaciones y huracanes– como consecuencia de una insensata despreocupación por el cuidado del medio ambiente, negligencia criminal que tiene a las principales potencias a la cabeza.
La Antártida –que sistemáticamente se opone a los embates del hombre– ha sido siempre más benévola con los expedicionarios que se adentraron en ella a pico y pala, desafiándola de igual a igual, que con quienes lo hacen, ahora, con equipamientos de última generación, pero inservibles –y letales– a la hora de las emergencias.
En efecto, nada habría pasado si en lugar de motos de nieve, veloces, ruidosas y contaminantes, las infortunadas víctimas hubieran utilizado los antiquísimos trineos tirados por "huskies", como tradicionalmente se llama a los perros esquimales.
Sucede que estos formidables animales, reemplazados ya hace años en las bases antárticas, estaban dotados de ese sexto sentido –imposible de percibir en el hombre– que les indicaba claramente por qué terreno desplazarse tirando el trineo con una fuerza descomunal y acompañándose con intermitentes ladridos.
El historial de nuestra Antártida es muy rico en cuanto a cómo los perros esquimales contribuyeron hasta hace pocos años en la construcción y enlace de las bases en el continente blanco. Sabedores de que el hombre era su garantía de supervivencia, lo cuidaban al extremo. El trineo, como por arte de magia, se detenía en seco frente a la menor situación de peligro y el perro guía, automáticamente, desplazaba a la jauría por otro recorrido hasta retomar la senda segura.
Quien escribe esta columna tuvo ocasión, hace ya muchos años, de compartir noches antárticas y leer las bitácoras de los jefes de las expediciones relatando las increíbles experiencias protagonizadas por estos animales, como también el hecho de que siempre los perros permitían volver a casa.
Se han dado casos en que los "huskies" han tirado durante kilómetros y kilómetros de un trineo transportando a su desfalleciente ocupante, víctima de una repentina crisis de salud, poniéndolo a salvo de una muerte segura. Su olfato y orientación, además, eran mejores que la más avanzada de las brújulas o equipos satelitales para llegar a destino.
Lo cierto es que este accidente se produjo como consecuencia de un inesperado resquebrajamiento del terreno antártico, fruto, precisamente, de las alteraciones del clima y la irrupción de corrientes de calor impensables en esas latitudes y a esta altura del año.
Todo esto obliga a preguntar qué es lo que se va hacer de ahora en más y cómo se hará frente a nuevos peligros, tales como cuando el hielo se abre a las profundidades sin dar un mínimo aviso previo. Es un llamado de atención para quienes tienen la responsabilidad de velar porque este mundo siga siendo un lugar habitable para el ser humano.
En cuanto al hecho acaecido, esta tragedia no detendrá la marcha de la investigación antártica, pero habrá que replantearse si no ha llegado el momento de volver a traer a los "huskies" como efectivo y seguro, aunque desde luego mucho más precario y lento medio de transporte, en un terreno que, como consecuencia de los cambios climáticos, se ha tornado nuevamente desconocido.