Edición Digital del 14/10/2005

Opinión

OPINION

Castro en casa y cada uno por su lado

  Por Jorge Carlos Brinsek

Finalmente, tal como se preveía, Fidel Castro decidió no viajar a España para participar de la Cumbre de Salamanca, a la cual, entre otros mandatarios, acude el presidente argentino, Néstor Kirchner.
Para el gobierno español, la noticia fue como recibir la bendición papal. La presencia de Castro no sólo obligaba a redoblar todos los mecanismos de seguridad, sino que, indudablemente –en consonancia con el venezolano, Hugo Chávez– hubiera marcado una suerte de contrapunto que habría dejado de lado los temas convocantes del encuentro.
Los opositores a Castro sostuvieron que el líder cubano temió viajar frente a la posibilidad de ser detenido en Madrid ante la presentación de una demanda por crímenes de lesa humanidad cometidos en la isla.
Sin embargo, nada de eso hubiera pasado. Aunque un tribunal español hubiera acogido la presentación, como jefe de Estado en funciones de un país extranjero con el que Madrid mantiene relaciones diplomáticas, Castro habría gozado de la inmunidad correspondiente a su investidura.
Caso distinto fue el del general chileno Augusto Pinochet, arrestado en Londres cuando ya no era ni presidente ni comandante en jefe de su Ejército y ostentaba un discutible rango de senador vitalicio.
Lo concreto es, como se dijo más arriba, que la permanencia de Castro en casa trajo alivio a los ya bastante ajetreados servicios de seguridad españoles, que convirtieron a la tranquila Salamanca en una suerte de fortaleza. Las clases fueron suspendidas en todos los planos, tanto primario, secundario como universitario, y unas cien manzanas de la pintoresca ciudad sometidas virtualmente a un sitio policial y militar.
Kirchner partió ayer a la tarde en el avión presidencial en compañía de su esposa y una reducida comitiva. Sea por cuestiones protocolares, de agenda o lo que fuere, el viaje marcó la diferencia de cómo estamos algo solos en la región.
Tanto Raúl Alfonsín como Carlos Menem solían invitar cuando acudían a este tipo de encuentros a los presidentes vecinos a que los acompañaran en el avión presidencial, en particular a los jefes de Estado de Uruguay o de Paraguay.
Era una forma de marcar las deferencias propias de un hermano mayor con sus pequeños vecinos. Por lo general todos se reunían primero en Buenos Aires y al regreso, se los depositaba en casa. En una ocasión, llegando de Bolivia, tras una reunión cumbre del Pacto Andino, el entonces presidente uruguayo Julio María Sanguinetti movilizó en plena medianoche montevideana a todo el protocolo de su país para que reservaran alojamiento a toda la comitiva argentina –entre ellos, una veintena de periodistas– que viajaban en el viejo avión presidencial, a raíz de que la niebla convertía en inoperables a los aeropuertos de Buenos Aires. No fue finalmente necesario, pero el gesto impactó.
Es una pena que ahora Kirchner y Tabaré Vázquez no hayan viajado juntos en el T-01 para limar las asperezas que están enrareciendo las relaciones rioplatenses, fundamentalmente por el tema de las plantas papeleras.
Las cosas tampoco marchan bien con Paraguay a raíz de la política del vecino país con relación a la presencia de militares norteamericanos en su territorio, entre otras diferencias. Es que ya las democracias se han consolidado en la región y las primaveras electorales de hace 20 años dieron paso a las cuestiones puntuales que marcan las necesidades económicas de cada país. Y ya se sabe que cuando hay plata e intereses de por medio, como ocurre en las mejores familias, cada uno agarra por su lado.
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Escribe Jorge Brinsek

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